lunes, 13 de marzo de 2017

Feliz día del padre

Me erijo en voluntaria representación de todos aquellos a los que, un año más, nos habría encantado celebrar el día del padre pero que por motivos fácilmente deducibles, no vamos a poder.

Confieso que siempre me pareció, (y me lo sigue pareciendo), una celebración muy comercial y que honestamente nunca disfruté de su sentido religioso, pero lo que me repiquetea en la cabeza casi constantemente estos días acercándose el 19 de marzo, es que me falta el motivo de tal celebración. Como si necesitara que algo me lo recordara.

A todos aquellos que aún tengáis a mano la causa que a mí me falta, os recomiendo que lo celebréis, pero que lo celebréis de verdad. No hace falta la corbata del Corte Inglés. Seguro que el bote para lápices hecho con la madera de las pinzas de la ropa, acompañado de un beso, un abrazo y/o un te quiero es mucho más apreciado y se conservará con más cariño y por más tiempo. 

Hacen falta más besos y más abrazos. Los suficientes como para que el día que caigáis en la cuenta de que no podéis dar ni uno más, no os sepan a escasos. Más sonrisas y comprensión para cuando repitan veinte veces las mismas anécdotas. No cuesta tanto hacerse de nuevas ante una historia de la que ya se saben todos los detalles. Más llamadas de teléfono aunque solo sea para preguntar qué tal ha ido la jornada y demostrar que habéis pensado en ellos por lo menos una vez en el día. Preguntad si necesitan algo o mejor todavía, cuando os mientan para no sentirse una molestia, diciendo que todo está bien, averiguadlo vosotros con la mera observación de su actitud o su conversación.

Como todos, ellos irán añadiendo, en el mejor de los casos, pesados días a su vida, días llenos de horas en las que no hay mucho que hacer porque las capacidades se marchan hasta en los casos más lúcidos y obligan a convivir con la cruel regla de tres que confirma que cuanto más has sido, más te cuesta ver cómo dejas de ser. Muchos solo pueden llenar sus días de aburridas esperas para el que será el último, nadie sabe cuándo ni cómo, pero sí que es cierto y próximo.


Todos comprendemos que la circunstancias pueden obligarnos a tener que acabar nuestros días fuera del hogar, atendidos, con o sin cariño por quienes no conocemos, obligados a cumplir horarios colegiales y a hacer actividades que ni nos divierten ni nos apetecen, a comer cosas que nos dirán que nos convienen pero que a nadie le parecerá importante que no nos gusten. Puede que sea el inevitable caso de muchos pero desde aquí me alzo para decir, ¡no al aparcamiento! No estacionéis a los mayores porque molestan y aburren, porque hay que prestarles cuidados como si fueran niños, porque su conversación estresa, porque se ponen pesados. 

En definitiva, hace mucho que también pasasteis por esa etapa y ellos cuidaron de vosotros. La diferencia es que cuando lo hicieron, vuestros padres tenían la ilusión de que os convirtierais en lo que probablemente hoy sois.

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